Una puesta de sol con la familia en verano tienes tres momentos: Las prisas por llegar, las prisas por hacer las fotos y las prisas por marcharte. Siempre he pensado aquello de «pero si estamos viendo una locura de puesta de sol….» pero en sus cabezas debe rondar eso de «a ver si termina pronto que refresca».
Pero basta que pienses una cosa para que se de la contraria. Como ha pasado esta estupenda tarde de agosto en la que parecía prepararse una obra de teatro improvisada. Y es que la capa de nubes del horizonte ya llevaba un buen rato avisándonos de que iba a dar una última sorpresa. Y así ha sido.

Hemos salido sin muchas esperanzas pero al final acabó subiendo el telón de esta obra representada a diario y nos ha permitido ver a la estrella del momento. Razonarlo no sirve de nada porque el guion está pactado de antemano y tú ya sabes cuál va a ser el final, pero la improvisación hace que cada día sea distinto.

No debía ser muy sólida la función porque el protagonista se nos vino abajo en cuestión de minutos dejando una representación singular de que parecía disolverse.
Pero bueno, ahí estaba el 600mm para darle en primer plano una despedida por todo lo alto, el protagonismo que merecía el único actor importante actuaba.

Al final se acabó yendo, fin de una actuación aceptable que nunca volverá a representarse igual. Hubo ovación del gallinero, aunque no creo que llegue a saber nunca si aquellos aplausos fueron por la despedida de una estrella o porque simplemente nos íbamos, por fin, de vuelta a casa.
Un silencio compartido es siempre mejor que uno a solas.





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