Una semana en Portugal que ha dado para mucho muchísimo. Tiempo de calidad con la familia, descanso y fotografía. Nos ha faltado la posibilidad de bañarnos en el Atlántico, pero las playas de la zona de Aveiro no están hechas para el baño si no llevas en la mano algo que flote.
Con la semana terminada, tocaba subir a Coruña a ver a la familia, pero este año sí quería intentar hacer una parada rápida en una ciudad de la que tengo un gran recuerdo, Oporto. Ciudad de río y también un poco de mar dividida en dos realidades y dos orillas.

La visita iba a ser sencilla, una parada arriba en el mirador del infante para presentarle a las peques el majestuoso puente de Luis I, un paseo por la elegante ribera a orillas del Duero para conocer la zona y algún sitio rápido para comer algún plato típico portugués antes de marchar de vuelta.

La alegría ha durado no más de 10 minutos, lo que ha tardado en picarme algún bicho volador en el ojo derecho. Habría preferido que me arrancaran el ojo en el momento, porque se me empezó a poner amarilla la parte derecha y empezó a doler de forma casi insoportable.
Nos hemos bajado a la ribera, donde no había apenas sitio para aparcar, aunque finalmente hemos podido dejar el coche cerca para dar un pequeño paseo. Ya que estábamos, había que aprovechar, aunque fuera con un ojo averiado.

Desde la primera vez que lo vi, el puente me sigue cautivando. No es especialmente impresionante ni particularmente grande, pero es el icono de una ciudad que rebosa vida. Un claro ejemplo de cómo la elegancia industrial del siglo XIX sigue, hoy en día, reinando en numerosas ciudades, entre ellas Oporto. Bien cabreado estaría Eiffel al ver que el puente de su socio Théophile Seyrig es la gran obra viva de la ciudad y no el puente de María Pía que hicieron juntos unos años antes para el ferrocarril.
Sin comer, nos hemos marchado camino a España con un ojo tapado, un ibuprofeno y una siesta de hora y media. Una historia escrita a medias que nos deja con las ganas de más.





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