
Febrero de 2012. Todo un viaje preparado, miles de horas de planificación, organización y planes para ir en busca de las famosas auroras boreales para acabar descubriéndolas apenas 50 minutos después de aterrizar. Un momento inolvidable como recompensa por ese primer viaje a Rovaniemi de 2011 donde no pude disfrutarlas tras buscarlas varias noches bajo un manto de nubes.
Un viaje hecho reto personal, una cuestión de superación de mis propias limitaciones. Y todo con un único objetivo, entender cómo unas luces en el cielo podrían ser a la vez magia y ciencia.
Fue dejar unos cientos de metros atrás las luces de Ivalo camino a Inari por aquella Ivalontie donde algo no encajaba en el cielo. Una serpenteante raya blanca que cruzaba el cielo me obligó a parar en el primer hueco que el camino me ofreció. Nervios, unos -20º y vestido como había salido de Madrid me obligaron a abrí el maletero para sacar lo más importante, el trípode, claro.
El resto, una auténtica locura. Instantes de incertidumbre que se tornaron en una sensación de confusión. El destino le estaba regalando a mis ojos una inquieta línea blanca por el cielo, pero mi cámara, con la primera foto, mostraba una línea completamente verde.
Grité, no sé si de frío, de emoción o de rabia, pero grité. Allí, solo, al borde de una carretera finlandesa a 3.500 km de mi casa, sólo grité.
La línea se fue acercando y, con ella, el color. Aquella raya blanca ya no era sólo blanca, parecía recargarse por sí sola dejando atrás el blanco para dar paseo a una estela verde que pronto elevó su danza a un vibrante verde intenso. Dejé de hacer fotos para llamar a mi mujer, embarazada de 7 meses en casa y contarle que ya casi me podría volver porque cumplía en ese momento lo que pensé que era solamente una ilusión pero que, tras ese instante, se convirtió en el sueño de mi vida.

Recorrí un par de kilómetros y volví a parar. Volví a gritar, pero creo que de dolor. El frío era tan intenso que tuve que coger toda la ropa de nieve que llevaba en la maleta para ponérmela dentro del coche como fuera posible. Allí estaba yo, sin pantalones, corriendo a vestirme a la carrera para no perder ni un segundo de ese baile mágico que iluminaba ese frío paisaje. Tal fue la locura que me puse hasta las botas de nieve al revés, hecho que solamente noté al sentarme en el borde de la cama del hotel 3 horas después de calzármelas.

El resto, un espectáculo digno de libros de magia. Luces por el cielo que no paraban de moverse. Líneas que se volvían espirales, cortinas de luz que cruzaban de lado a lado el cielo como señal de bienvenida a ese frío norte llamado Laponia al que tanto cariño le he cogido.
Fue una danza memorable, grabada en más de 15 paradas por una carretera camino de Inari que nunca quise que terminase. Un sueño cumplido en apenas unas pocas horas de un viaje que me iba a deparar tantos momentos irrepetibles que me han marcado de por vida.





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