Canon EOS 7D + Tokina AF 11-16 ATX @ 1/200s – f5,6 – ISO 160
Recuerdo que no quería ir, era algo que me sacaba de mi zona de confort y pensé que mejor quedarse en el pueblo a tener que pasar recorrer durante 1 hora encerrado en un cañón de areniscas de apenas un par de metros de ancho con cientos de personas. Me equivoqué, taché mis reticencias y me embarqué gracias a mi mujer e un jeep camino de uno de esos rincones que tiene este mundo que no crees que pueda ser real.
Ella embarazada y yo angustiado, la dupla perfecta para pasar por encima de cualquier cosa si se hace juntos. Aquél viaje en una pickup4x4 por 1 kilómetro de dunas parecía lo que luego realmente fue, un tormento, pero sólo para algunos. Con la excusa del embarazo, pudimos entrar en la zona delantera con un improvisado piloto de carreras navajo sacado más de una película de los años 50 que de aquella humilde oficina de turismo donde contratamos la experiencia.
Y es que ese ágil movimiento para ser los primeros en entrar nos libró de lo que podríamos denominar el infierno de Dune en la tierra. Arena, más arena y baches cada 10 segundos al estilo del toro mecánico, un cóctel mortal para la decena de guiris convertidos en vaqueros del metal que pudimos observar entre lágrimas de las risas (conductor incluido) desde nuestra aislada cabina delantera a través de un cristal que era como mirar una comedia en una pantalla de 2 metros de años. Aquellos 10 incautos turistas se agarraban a lo que buenamente quedaba de aquella destartalada pick up sin techo sacada posiblemente de un desguace mexicano, una fiesta de culos saltando como chinches.
Al llegar, las risas dieron lugar al asombro en cuestión de segundos. La entrada, angosta y llena de gente, te adentra en un milagro de colores y formas de difícil explicación. Rojos, naranjas y violetas en forma de piedras pulidas milimétricamente por siglos de lluvias torrenciales que convierten un sencillo hueco en la tierra en un camino a otro mundo. Una especie de escondite en el desierto listo para ser descubierto y admirado, con la certeza de que si lo vuelves a visitar ya no será exactamente igual.
El reto del Antelope Canyon estaba cumplido y el tronchante momento de la ida (repetido a la vuelta de nuevo) nos complementó con unas risas hasta llorar una aventura más de un viaje maravilloso por la costa oeste americana.