Canon EOS 6D + EF 16-35 f4L IS USM @ 1/100 – f6,3 – ISO 1250
Hay viajes que se quedan grabados para siempre en la memoria no por su comodidad, sino por la épica alrededor de los mismos. Mi camino nace en Tromso a finales de enero de 2015, donde cogí un coche para alcanzar un sueño, visitar las Islas Lofoten en invierno y, concretamente, Reine. El objetivo era claro, casi una obsesión desde que descubrí aquél pueblo en una revista de viajes: fotografiar el que dicen, el pueblo más bonito del mundo. Para lograrlo, sabía que debía pagar un precio de frío, soledad y kilómetros, pero nunca imaginé que fuera un precio tal alto.
Innumerables horas al volante por una Noruega huracanada y unas carreteras pulidas por el viendo fueron toda una prueba de resistencia y confianza. El clima no acompañó, con una sensación térmica insoportable gracias a un viento huracanado que se dedicó a jugar con mi coche hasta llegar a sacarme de la carretera en varias ocasiones. Con esfuerzo y cabezonería el segundo día llegué hasta el destino, un Eliassen Rorbuer que era justo como imaginé, un lugar de ensueño al borde del mar.
Llegué a Reine bien entrada la noche, agotado, congelado y con unas manos casi agarrotadas del volante tras casi 10 horas seguidas conduciendo un rally de invierno. La noche fue de tensión, la cabaña parecía estar a punto de salir volando, crujía su propio grito de forma casi constante. Fue fuerte, y yo también, lo suficiente para obtener la recompensa, un amanecer en una rorbu del Eliassen Rorbuer, una de las icónicas cabañas de pescadores restauradas, pintadas de un rojo vibrante y ancladas junto al mar El amanecer prometía, la experiencia estaba en marcha para ser grabada.
A pesar de la dureza, la sensación al despertar fue maravillosa, una mezcla de nervios, frío y miedo, mezclada con unas ganas ilimitadas por llenar la cámara de fotos. De nuevo estaba en el corazón del Ártico, solo, con la cámara, listo para traerme un pedacito de aquel lugar con el que había soñado tantas veces.
Esta imagen está aquí, colgada en mi despacho, recordándome que:
Las mejores experiencias de la vida suelen ser el regalo de un gran esfuerzo y sacrificio.