Un secreto a voces. La playa de Ponzos me iba a gustar. Un par de imágenes en el Google Maps han bastado para darme cuenta de que el lugar sería espectacular.
La salida de casa desde Miño no inspiraba mucha confianza. Llovizna, bastante frío y algo ventoso, el momento perfecto para quedarse en casa metido en la cama, que para eso son las vacaciones…. dicen.
Llegada como de costumbre, pero esta vez no he bajado directamente a la playa, como hago siempre que busco amaneceres al borde del mar. Hoy tocaba disfrutar del momento. Media docena de caravanas en un parking de tierra tras pasar por varios cruces de carreteras sin saber muy bien dónde iba a caer.
Un rato de música en el coche han bastado para dejarse llevar por la magia del lugar contemplado desde el calor del coche y al ritmo de Café del Mar. Al rato amanece y, sin entender muy bien lo que estaba pasando, sale el sol por el horizonte. Iba a ser una mañana de estelas por la playa, pero se ha convertido en una sesión de paisaje con artistas invitados, varios locos surferos esperando entrar a un mar que quita el hipo.

La luz se abre paso y la playa entera se vuelve naranja. Toca ponerse a trabajar, para eso nos hemos hecho los 50km desde casa. Una playa salvaje o una salvajada de playa, lo que se prefiera.
Habitualmente, cuando hago estas escapadas al borde del mar a solas, el ruido de las olas me acompaña y me motiva, me relaja. Pero esta vez ha sido distinto. Era tal el nivel de ruido que era como ir arrastrando cajas de cartón por la arena.

Cómo me alucina lo distintos que somos entre nosotros los seres humanos. Yo ahí puesto con mi cámara, con tres capas en la parte de arriba y más pelado que una gamba mientras otros se han levantado dispuestos a meterse en el Atlántico para hacer deporte a las 8am. Quizás nos una a ambos el respeto que le tengo a la naturaleza o quizás sea sólo una escapada de la rutina en la que nos vemos innersos cada día.

El caso es que llevo 2 horas admirando surferos en este paraíso que se ilumina poco a poco bajo mis pies tras un par de días en los que no se ha visto el azul del cielo.
Al final, 250 fotos y una hora en soledad en una playa salvaje son los dos grandes regalos que me he traído de recuerdo.





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